Como morir en el intento
Es sábado y
como de costumbre ella se encontrará con su novio en la estación de subte
Leandro N. Alem. Camina deprisa desde su casa mientras se coloca la campera que
al salir tenía a medio poner. Debe estar allí a las cinco en punto y son cuatro
y cuarto. La ansiedad por estar sentada en el subte le es fatal de modo que
cada cuadra que le queda por recorrer se le hace interminable, como cuando lees
algo aburrido y queres llegar hasta la última palabra de la oración solo para
terminarla, le fastidia. Intenta caminar lo más rápido que puede, pero su
cabeza va más rápido que sus piernas, como si caminara con ella. Mira el
restaurante de la esquina, el que siempre está lleno de gente, pero al que ella
no le gusta y no entiende el porqué de su éxito; el tan solo ver la grasa
impregnada en el piso y el olor a fritura que sale desde la cocina le
desagrada. Pero entonces recuerda que su novio quería ir allí, y solo para
hacerlo feliz, como una buena novia, le daría el gusto. Seguramente le pedirá
algo a cambio si semejante sacrificio no era compensado, tal vez con una salida
romántica o una buena cogida.
Estando a
no menos de media cuadra observa el negocio de carteras, el que siempre está vacío,
donde hacían descuento de billeteras. Pensó en comprarle una a su novio, pero
más adelante cuando sea su cumpleaños. Lo que no pensaría nunca es que ella no
estaría en su cumpleaños, pues hoy moriría.
Mientras
bajaba la escalera del subte intenta pasar a una viejita que con su bastón de
madera y sujetada de la baranda le impedía el paso. Esta apurada y debe estar en
menos de media hora en la estación de Leandro N. Alem. Se mueve de lado a lado
para encontrar el momento perfecto de pasarla, pero la viejita atina a moverse.
Luego de unos segundos encuentra la oportunidad perfecta y la pasa. En su
caminar se percibe el apuro, la gota de sudor que comienza a caer desde la
espalda y la respiración agitada del querer llegar. Se aproxima al molinete,
paga y se choca con este al pasar gimiendo un grito de dolor cerca de su pelvis,
pero no le da importancia, atina a bajar rápidamente las escaleras. Baja y
mientras camina por el andén va asomando la cabeza para ver si siquiera había
algún reflejo de luz del subte. Saca el celular y se fija la hora; eran y
media. Tiene solo media hora para llegar. Entre que espera se pone a leer los
mensajes que le manda su novio. Él ya llego al lugar de encuentro y la espera la
plaza que está enfrente de la estación. Ese mensaje no hizo más que ponerla más
nerviosa. Se sentó en el banco como para intentar relajarse, pero movía las
piernas de lado a lado como una especie de tic nervioso que cuanto más tarda el
subte en llegar más rápido las mueve.
Comienza a oír
desde lejos el ruido del subte aproximándose a la estación. El subte se frena y
ella sube al instante, busca rápidamente un asiento. Las puertas se cierran y
sigue el recorrido. Durante el transcurso del trayecto no deja de pensar en que
su novio le recriminara su tardanza al llegar. Se lamenta, sabe que está en
falta y siente una angustia en el pecho que le trae un remordimiento enrome. Su
novio que vive lejos sale a tiempo y siempre llega temprano, ella que está
relativamente cerca sale tarde y corre por llegar a tiempo; y mientras piensa
se toca el pelo una y otra vez, se suena los dedos de la mano, mueve nuevamente
las piernas. Tal vez no lo sepa, pero en cuestión de minutos ya no estará en
este mundo y su novio más que recriminarle llorara sin consuelo.
Al pasar un
par de estaciones sube un grupito de esos que tocan música a la gorra. Ya
bastante estresada esta como para aguantar a unos que hacen ruidos molestos;
levanta las cejas y frunce la cara. Su expresión es reflejo de su estado de
ánimo. Lo peor de todo es que luego le piden para que aporte algo de dinero por
la actuación realizada y no duda en decir no.
Luego ve
que adelante suyo hay un hombre que no deja de mirarla. La incomoda. La mira
con deseo y repugnancia, la viola con la mirada. A la ansiedad se le suma la
incomodidad. ¿por qué la mira así? Quiere bajarse ya e ir corriendo a los
brazos de su novio. El único que si le gusta que la mire. Se pone la mano en la
su cabeza e intenta taparse los ojos; por dentro está gritando con todas sus
fuerzas: quiero llegar.
El subte se
va deteniendo en la estación Leandro N. Alem. Se para antes de que frene y
cuando se abren las puertas sale disparada a la escalera del andén. Son las
cinco y diez. Ya llega tarde e imagina la cara de su novio. Trata de correr lo más
que puede. La plaza en donde la espera está enfrente de la estación, pero sobre
esta hay una enorme avenida en donde van y vienen autos y colectivos desde
todas las direcciones. Giran o doblan, algunos rápido otros lento; los
bocinazos nunca están de más y el tráfico por momentos es denso y en otros
desértico. Hoy no había nadie. Es fin de semana, el centro los fines de semana
tienen una postal totalmente diferente a la de la semana laboral.
Ella sube
las escaleras y mientras va llegando a la cima el clima va cambiando, abajo en
el subte es denso y caluroso con poca ventilación en cambio saliendo a la
superficie comienza a fluir el aire y se oxigena el ambiente. Siente el viento
sobre su cara, la corriente de aire que se mezcla con la densidad del subte. Respira
hondo, la ultima de las veces.
Estando ya
en la superficie, va hacia a la esquina para cruzar. Intenta divisar a su novio
si está allí o si fue a otro lado. No lo ve. El semáforo está en verde por lo
que el cruce peatonal esta momentáneamente prohibido. La señal está ahí. Es el
momento del fatídico accidente. Saca el teléfono y lo llama, no le atiende; se
muerde los labios de los nervios. Inhala y exhala como para intentar relajarse,
pero es en vano. Decide cruzar. Ella sabe que está en verde, pero no pasa
ningún transporte. Esta ahí enfrente de ir a abrazar a su novio, un semáforo no
le impedirá eso. Toma impulso y comienza a caminar rápidamente; Escucha que
alguien clava los frenos y mira para esa dirección y luego ya no ve nada.
El chofer
del colectivo se sienta sobre la vereda y mira el piso sujetándose las manos
contra la cabeza. No puede creerlo. La mató. El novio llora y abraza el cuerpo
de ella, de su novia que ni siquiera pudo despedirse porque no respondió el
teléfono ¿Por qué no lo hizo? La hubiera tranquilizado. Ese había sido su
último viaje en subte y ya no tendría que correr o siquiera respirar. Y lo
intentó. Intento llegar a tiempo y lo hizo dejando su propia vida.
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